Había una rata muerta en una esquina, pero ese no era el peor olor del lugar, ese era sólo un agregado del folclore mugriento del lugar. Vómito, sangre, barro y mierda por el piso y las paredes apestaban el lugar también. El hedor era insoportable. La peste se se sentía a años luz de distancia del lugar, y ahí estabamos. Una habitación con las paredes pintadas del rojo de la sangre de las anteriores víctimas, el sufrimiento y la pena habían dejado marcas invisibles en toda la habitación; la muerte se podía sentir en los huesos y en la piel. Cadenas e instrumentos de acero brillaban colgados de las paredes y el techo para recordarnos que el dolor era lo único que estaba cerca de la realidad allí dentro. No se veían puertas y ventanas en ninguna de las cuatro paredes de la habitación que no media más de dos metros por dos metros.
Completamente desnudos, sudorosos y enfrentados el uno con el otro, mi compañero de celda y yo nos encontrabamos. Nuestras caras de agotamiento producto de dias de estar colgados con esos grilletes del techo, denotaban nuestro espíritu quebrantado por la tortura y la asquerosidad del lugar. Todo era nauseabundo por demás de lo descriptible. Hacía días que no probabamos bocado, y sumado al olor del lugar había producido nuestro propio vómito varias veces.
No estaba seguro de cuanto tiempo llevabamos allí, pero se sentía eterno; cada vez que estaba por quedarme dormído, sentía una fuerte punzada en la espalda seguida de charcos de sangre y horror emanando de mi cuerpo impidiendole a mi mente dejar ese lugar aunque fuera unos minutos.
Temía cada segundo. La habitación sellada, las puñaladas en la espalda, el horror del lugar y la pestilencia, no me dejaban reconocer el lugar como real; debía ser un sueño, una alucinación o un mal viaje... No podía ser real... ¿Verdad?...
Mi compañero y yo no habíamos pronunciado una palabra en todo ese tiempo que compartimos en la habitación, no porque no quisieramos (o por lo menos yo), sentíamos que no podíamos pronunciar palabra aunque lo intentaramos.
De pronto una persona con capucha apareció en la habitación. Sin humo, sin efectos especiales ni luces, sólo apareció. Hice un esfuerzo sobrehumano por levantar mi cabeza demacrada por la falta de sueño y comida, sin mencionar el dolor y las náuseas. La figura habló:
-¿Sabes por qué estás aquí?
No pude decir nada, porque al instante de que terminara de hablar la figura encapuchada, la sala se llenó de luz roja y se hizo más pequeña. Mi compañero y yo estabamos a menos de un centímetro de distancia, y solo en ese momento noté que siempre estuve sólo en aquella inmunda situación, mi compañero no era otra cosa que mi reflejo lacerado y torturado, y que la figura no estaba realmente enfrente mío, sino que a mis espaldas.
Intenté dar un grito, pero se ahogó en mi garganta cuando los grilletes me soltaron y empecé a caer. Caía a una velocidad increíble, la adrenalina fluía sin parar por mi cuerpo y yo estaba muriendo de miedo. Mi estómago y mi corazón querían salir por mi boca, y por un momento casi lo hacen cuando por fín toqué fondo en un mar de basura, huesos y mierda. El ardor en mi esófago, producido por el vómito que largué fue horrible.
Llegúe a una horilla lodosa con mi más terrible esfuerzo y me tendí de espaldas al suelo. Las heridas de mi espalda supuraban pus debido a las infecciones que toda esta experiencia me había producido. Deseaba morir más que otra cosa.
-Oh, pero lejos estás de ello, mi querido Lucifer-
-Padre, ¡¿realmente merezco este castigo?!- Grité con los ojos llenos de lágrimas y de dolor a la figura encapuchada.
-No, hijo mío... Éste fue sólo el comienzo...- concluyó el Padre antes de desvanecerse en la oscuridad.
-Lauty